Despreciar Siracusa
GABRIEL ALBIAC
Actualizado 13/07/2009
CUENTAN las malas lenguas cómo tras ser readmitido en su cátedra, el viejo nazi Martin Heidegger era malévolamente saludado por sus colegas: «¿Qué, de vuelta ya de Siracusa?». Al sabio («el más grande de los filósofos, el más pequeño de los hombres», escribe Steiner), aquel culto sarcasmo no parecía hacerle maldita la gracia. Pero así es la vida. Lo menos que puede ocurrirle a quien fue maestro pensador de un régimen genocida, es que le recuerden la ridícula tragedia del pensador más grande: un tal Platón, que, allá por el siglo IV antes de nuestra era, inventó una nimiedad lujosa a la cual llamó filosofía. La historia nos la cuenta él mismo, en una larga carta autobiográfica que es, pienso, la obra maestra de un escritor en cuya obra es imposible hallar una sola línea de desfallecimiento.